Día 10

A las 8 ya estábamos en el mercado de pescado, que en nuestra humilde opinión, no merece la pena visitar.

La entrada cuesta 20 birr por persona y tuvimos que pagar obligatoriamente un guía por 100 birr., el cual no abrió la boca, es una manera como otra cualquiera de sacar dinero a los turistas.

El olor era nauseabundo, allí se mezclaba el calor con las tripas de los pescados, el manjar de los marabous que no hacían asco a nada.

Lo que mas nos llamó la atención fue un niño que limpiaba el pescado con la boca a una velocidad de vértigo.

En la orilla hay niños que te proporcionan por unos pocos birrs tripas, ojos y demás vísceras de peces  para que alimentes tú mismo a los marabous.

Dejamos aquel hervidero de peces y pájaros, nuestro chófer había venido a buscarnos para poner rumbo a conocer la tribu de los Dorze.

TRIBU DORZE

Parece que nos estuvieran esperando. No habíamos parado el 4×4 y ya estaba abriéndonos la puerta un rastafari dorze. Él mismo nos hizo de guía y nos acompañó a enseñarnos su poblado, pero no antes de cobrarnos 100 birr por persona por la «entrada» al poblado y 20 birr más de propina para él ¡¡¡pero si aún no se lo había ganado!!!. Bueno, como cantaba Shakira, esto es África.

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Nos explicó a qué era debida la curiosa forma de paquidermo que presentan sus viviendas. Las “Casa Elefante” llegan a sobrepasar los 10m. de altura, su armazón es de bambú y se recubre con la hoja del falso banano. Con el paso del tiempo van perdiendo altura por causa de las termitas.

Los dorze se dedican al pastoreo y a la agricultura. Destaca entre sus cultivos el falso banano, de cuyas hojas extraen una pulpa que una vez fermentada sirve como base para la fabricación del pan local, similar a la injira. Nos lo dieron a probar acompañado de miel y aun así su sabor era amargo.

Las mujeres se encargan de las tareas más duras, buscar agua, acarrear leña, moler el grano y ocuparse de los niños. Los hombres se ocupan del ganado.

Esta tribu es la más «occidentalizada» de todas si se puede decir así. Disponían de cabañas con camas de paja para alojar a los turista y puestos donde vender sus textiles típicos.
Cuando ya nos dieron a conocer sus constumbre nos vistieron con la shama, así se llama la típica túnica de colores con decoración geométrica, y nos hicieron bailar y practicar el grito de guerra.
La verdad es que fuimos la atracción de la feria pero nos lo pasamos fenomenal.

Teníamos una gran sudada y necesitábamos hidratarnos, para nuestra sorpresa el poblado disponía de un «bar» al cual fuímos a tomarnos una cerveza-pócima local, bebida para valientes.

Muy contentos después de una buena juerga nos despedimos de los dorze y nos fuimos a hacer noche a Arba Minch. Buscamos alojamiento durante más de una hora y todo estaba completo por ser fin de semana, según nos explicó el chofer. Por fin encontramos una habitación con una cama que tendríamos que compartir con un millón de mosquitos (300birr hab. doble).

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