Llegamos a Sepúlveda (noreste de Segovia) desde donde cogemos dirección Villaseca durante unos 10 kilómetros, para tomar más tarde un camino parcelario (3 ó 4 kilómetros en mal estado) hasta la explanada que hacía de parking de la Ermita de San Frutos.

Allí dejamos el coche, y nos encaminamos en dirección al espolón rocoso, rodeado de precipicios, sobre el que se alza la Ermita de San Frutos.

El día prometía, el cielo estaba totalmente despejado de un azul imposible y así nos acompañaría durante la ruta más sencilla por las Hoces del río Duratón.

 

A pocos metros del comienzo de la ruta se encuentra habilitado un mirador sobre el río Duratón desde el cual se divisa el embalse de Burgomillodo que marca uno de los límites de Parque Natural.

Desde él se pueden divisar los meandros más pronunciados del río, en un profundo cañón que, en algunos lugares, alcanza más de 100 metros de altura. Es el resultado de la acción erosiva del río durante millones de años, gracias a esto, el cañón nos ofrece sus vistas más majestuosas.

Después de deleitarnos la vista con el paisaje continuamos andando hacia la Ermita de San Frutos.
Durante el corto trayecto vimos volar a decenas de buitres por encima de nuestras cabezas y se puede decir que por debajo de nuestros pies a lo largo del cañón, que de vez en cuando se posaban en los farallones donde anidan en armonía con alimoches, águilas reales y halcones peregrinos, un auténtico paraíso para las aves rapaces.

El priorato de San Frutos, hoy conocido como ermita de San Frutos, son los restos de un antiguo convento monástico que se sitúa sobre uno de los meandros que forman las hoces del Río Duratón.
En la actualidad se puede ver la ermita rodeada de los restos del antiguo priorato; entre ellos y junto al ábside de la misma, se encuentra una necrópolis visigoda.

Tras cruzar por un puente de piedra del siglo XVIII que salva una profunda grieta, llamada La Cuchillada, se asciende al antiguo cenobio benedictino.

 

 

Después de contemplar esta construcción romántica del siglo XII se puede continuar hacia su cercano cementerio, en el que se conservan varias tumbas antropomórficas altomedievales.
A la izquierda del mismo nace una rústica escalera tallada en la roca que seguramente serviría a los primitivos ermitaños para bajar hasta un río que, en la actualidad, está regulado por el pequeño embalse de Burgomillodo.

Ya de regreso no pudimos dejar de asomarnos de nuevo al mirador, tenemos que volver en otoño, nuestra estación favorita.

 

Datos prácticos:

  • Longitud: 1800 m (ida y vuelta)
  • Duración: 35 min (ida y vuelta)
  • Dificultad: Baja

Sepúlveda bien merece una visita por su conjunto arquitectónico. Situada sobre una enorme peña que asoma al río Duratón, fue durante siglos un enclave fundamental en la Historia de Castilla. Recorrer las calles de esta Villa es detenerse en el tiempo, regresar a su esplendoroso pasado medieval.

 

 

Iglesia de Nuestra Señora de la Peña. Planta basilical de una sola nave cubierta por bóveda de cañón. La escultura de su magnífica portada la convierten en una de las joyas del románico. En el interior cuenta con un retablo barroco del siglo XVIII. Destaca el pórtico y portada con la Visión del apocalipsis y su torre.

La casa de los Proaño o casa del Moro tiene una fachada plateresca, cuyo frontón está presidido por la cabeza de un moro sobre un alfanje.

 

El Arco del Ecce Homo, también llamada del Azogue es una de las emblemáticas puertas de Sepúlveda. Es románica y está formada por arcos de medio punto entre dos cubos.

Iglesia de San Bartolomé. Románica del siglo XII

Plaza de España

 

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