Después de recorrer unos cuantos kilómetros por pistas de tierra llegamos a la aldea de Korcho, a orillas del río Omo, donde está el poblado de los Karo. A pesar de llevar poco agua a consecuencia de la fuerte sequía que estaba sufriendo el país, las vistas que había desde allí eran impresionantes.

Dos jóvenes con kalashnikov en mano estaban mirando hacia el espectacular meandro, aunque más que para disfrutar del paisaje estaban haciendo guardia. Al estar cerca de las regiones fronterizas con Kenia, el gobierno se asegura una cierta vigilancia proporcionando armas a las tribus que viven aquí.

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Enseguida comenzaron a salir a nuestro encuentro niños y mujeres con sus cabezas adornadas con distintos vegetales y flores. También colgaban de sus cuellos gran cantidad de collares multicolores de abalorios, en sus brazos lucían brazaletes y pulseras y su cuerpo estaba decorado con escarificaciones. Parecían competir entre ellos con su decoración corporal, bien sabían que cuanta más ostentosidad, más  llamarían la atención de los turistas y más posibilidades tendrían de ser fotografiados y por lo que conseguirían mas birr.

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Su población no era tan numerosa como las de otras tribus que habíamos visitado, apenas llegaban a los 1.000 miembros. Una dura sequía que provoque un periodo de hambruna, una pandemia o una simple guerra con sus eternos enemigos los Mursi, puede provocar la extinción de esta etnia.

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Sus costumbres, religión y formas de vida siguen siendo las mismas que hace más de 500 años. Los Karo emigraron a causa de una gran sequía. Buscaban pastos para su ganado cuando se encontraron con la tierra prometida, que nunca mejor dicho, manaría leche y miel.
Hoy, esta tribu, vive gracias al cultivo del sorgo, maíz y judías, la pesca, la recolección de miel y a la cría de cabras. Originariamente eran ganaderos y cazadores pero se vieron obligados a aprender a cultivar para subsistir debido a que las continuas plagas de la mosca Tsé-Tsé mataba sus rebaños.

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Los hombres lucían con orgullo las pinturas abstractas que cubrían su cuerpo y cara. La decoración corporal es muy importante para estos tribales artistas ya que representa su posición social. Además se hacen distintas escarificaciones dependiendo de la hazaña que hayan realizado, por ejemplo haber matado a un animal peligroso o a un hombre rival. Podríamos decir que su cuerpo lo dice todo.

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A las mujeres las gusta decorar sus cabezas con flores, su pecho con collares de abalorios multicolor y llenar su brazos de brazaletes, y al igual que los hombres y niños algunas de ellas llevaban clavado entre el labio inferior y la barbilla un palillo que su única función era decorativa. Cualquier cosa les vale para decorar su cuerpo. También decoran su pecho con escarificaciones para atraer a los hombres.

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Cuando hay alguna ocasión especial como celebraciones o ceremonias la dedicación a decorar sus cuerpos les puede llevar varias horas. El mejunge color ocre que utilizan para teñir su pelo lo consiguen mezclando yeso con piedra amarilla, mineral de hierro de color rojo y carbón de leña y la pintura para decorar sus cuerpos de pigmentos vegetales y yeso.

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Al final de la cosecha los Karo se reúnen para disfrutar de las danzas, tomando cerveza local hasta caer borrachos. Estos momentos descontrolados conducen al matrimonio después de que el joven ha logrado superar el ritual del salto del toro (ritual que también practican los Hamer).
Un hombre Karo puede desposar a tantas mujeres como pueda mantener. Aunque en la mayoría de las tribus sólo se puede contraer matrimonio entre miembros de la misma, los hombres Karo pueden casarse con mujeres Hamer, gracias a la gran relación que existe entre ambas tribus.

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